lunes, febrero 18, 2013

Hombre prevenido ...

El día que apareció en el trabajo media hora más tarde de lo previsto no pudo disimular, no hubo escusa, iba envuelto en una sábana que le asomaba por debajo de las ropas y también sobresalía por el cuello de su camisa, además de producir una enorme y blanda chepa en su espalda, dio a entender con total claridad, que aquel día ,se le habían pegado las sabanas.
En la hora de descanso se marchó presuroso a la casa de socorro, allí después de ser sometido a una intervención de urgencia, por fin se liberó de ellas, desde entonces duerme en la bañera vestido con la ropa del día siguiente.

Ella sabrá lo que hace


Ella sabrá lo que hace, debemos seguirla si queremos llegar al refugio, después de tantos años trabajando en estos montes tiene que saber cual es el camino de vuelta, el que no confíe y quiera abandonar es libre de hacerlo, pero tener en cuenta que esa decisión conlleva unos riesgos importantes, la niebla es cerrada y el sol se ha puesto hace mas de una hora, pronto no habrá visibilidad y será mas fácil desorientarse.
La mayoría tomó la decisión de seguirla precipitándose por el acantilado.
En los periódicos los titulares que figuraban apuntaban a un suicidio colectivo.

domingo, febrero 17, 2013

OTRO FINAL PARA RELATO "LAS JOYAS" de Guy de Maupassant



Una vez solo en casa y rendido por la fatiga después del disgusto, se sentó en su sillón y comenzó a pensar en como había podido ser tan ingenuo.

Se levantó impetuoso entrando como una tempestad en el cuarto de su esposa , intacto hasta ese momento y poniendo todo patas arriba buscó una señal que confirmara sus sospechas, ella murió de repente y no tubo tiempo de esconder las pistas de su secreto, y en efecto, allí en el fondo de un cajón , en el que ella guardaba su lencería, encontró la confirmación que abrió los ojos, mostrándole algunas notas aun perfumadas en las que pudo comprobar que tenia encuentros pactados cuando iba al teatro, un burgués que la amaba y la pretendía, dándola todos los caprichos que pudiera desear.

La herida se manifestó con un pinchazo agudo en el pecho que le obligó a caer de rodillas al suelo y dejarse llevar en el laberinto de la desesperación y la vergüenza, esta vez sin limites, pues estaba solo.

Al cabo de unos días sin aparecer por el Ministerio fueron a buscarle a su casa en la calle de los Mártires, numero 16 y lo encontraron sin vida en el suelo donde cayó con las notas arrugadas entre las manos, no pudo superar el trance y se fue dejando evidencias del engaño sufrido para todos sus compañeros y amigos además de los empleados de la joyería que tenían datos sobrantes al respecto

Date con un canto en los dientes

Date con un canto en los dientes, en los dientes date con un canto en los dientes date..., tras escuchar esta retahíla me empecé a fijar en la dentadura de los seres que me rodeaban observando con estupor que el 85% estaban mellados, algunos incluso desdentados de los incisivos centrales haciéndome sospechar que ellos si se habían dado bien fuerte. Ya nadie ríe abiertamente supongo que por miedo a mostrar las mellas fruto del constante golpeteo con cantos o cada uno con lo que pueda según el momento. Si hay que darse con un canto en los dientes se da uno, pero siempre con sumo cuidado si se rompen ya no podrás darte ni con un canto ni tampoco cantar.

sábado, febrero 02, 2013

LA SÉPTIMA OLA




Como tantas veces había hecho de niño, cogió el cubito rojo, el rastrillo, la pala, se caló el gorro hasta las cejas y se acercó a la orilla buscando la arena húmeda, eligió el mejor sitio, se arrodilló y comenzó a cavar por aquí y por allá, rastrilló, alisó, levantó paredes, hizo fosos, puentes, escaleras y murallas, en a penas unas horas tenía un hermoso castillo.

Ensimismado se puso en pie para mirar desde otra perspectiva, se retiró unos metros, la marea subía a hurtadillas era el momento de contar las olas, en la séptima sabía que también esta vez lloraría.

COMIENZO IDÍLICO

Aquel fue el más mágico y caluroso verano de todos los tiempos, un Domingo cualquiera mientras entreveían desde la cama a las cigüeñas amarse en lo alto del campanario, un rayo de sol entró puntual por la ventana traspasando las hermosas cortinas de lino blanco creando un brillante reflejo en su cabello negro extendido a lo largo de la almohada. La calma cálida llenaba la estancia por completo, desde que se apeó del automóvil el viernes, no había soñado con otra cosa que la de comerle a besos pues su sed de amor era insaciable y allí estaban solos por fin, el uno para el otro sin miedos ni secretos.

COMIENZO SUGERENTE

Cuando conocí a Nicolás fue porque le recogí del suelo, estaba tendido durmiendo en las vías del tramo clausurado entre Ocejín y Piñuelas , lo primero que hice fue darle de beber, tenía sed, los labios resecos, el sol había quemado su cara y me miraba perplejo, sin poder creer que esta vez tampoco había muerto. Al caer la tarde, sentados junto al fuego, me relató sus intentos fallidos de quitarse la vida; eligió estrellarse con un viejo automóvil negro que robó en la funeraria del pueblo, lo más que consiguió fue un arañazo en la frente que le causó una rama del árbol contra el que fue a parar, otra vez decidió lanzarse desde el campanario cayendo en un carro cargado de alfalfa que pasaba por allí en ese preciso momento. Ahora había pensado en el tren, que no pasaba por allí hacía años, para acabar con su vida.

PREMONICION



Por favor ¡Silencio!, dijo Paquita Luján, dando golpes con el bastón en la antigua, pero recién acuchillada tarima.

Vamos a ver: _ Alguien de ustedes ha visto alguna vez a un individuo, nadando en las dunas del desierto?

Esta pregunta se quedó resonando en el aula y permaneció flotando en la mente de más de uno de los que allí estábamos, aunque en realidad se quedó sin respuesta o yo hoy, ya no la recuerdo.

Corría el año 1.990, la mayoría de edad entraba en nuestras vidas como una exhalación, con una diferencia de días, semanas e incluso meses, el ambiente cargado de energía incontrolada y efervescente, aportaba un aroma a humanidad; torrentes de feromonas, testosterona y demás estrógenos campando a sus anchas en aquel lugar de techos altos y antiguos; estábamos todos muy juntos aunque había espacio mas que de sobra, pero aquellos pupitres siameses unidos por una fría barra de hierro, nos hacían acurrucarnos unos con otros, sobre todo con el compañero de al lado, y aunque no hubiera sido así, en ese preciso instante de nuestras vidas nos comportábamos como una gran camada de alguna extraña especie animal desconocido, a la que sus padres, que habían salido a cazar, habían dejado momentáneamente en un lugar seguro, donde nos instruían, para el día de mañana, hacer lo propio.

Eran años felices, el ochenta por ciento del día lo pasábamos carcajeando de alguna tontería, un pelo, una mosca posada en algún lugar insospechado, un bigote, una camisa de algún profesor incauto; cantábamos sin complejo a viva voz, corríamos escaleras abajo zapateando en aquellos peldaños de madera pulida y gastada. El ascensor era antiguo y estaba prohibido utilizarlo, por los alumnos. Era un edificio de la calle de Atocha construido a principios de siglo y había vecinos de renta antigua, todos ancianos, con los achaques propios de su edad, que no aguantaban tanto jolgorio porque sus ganas de correr y cantar habían pasado de largo hacía ya algunas décadas.

Más de una vez nos cruzábamos en el portal con alguno de los ancianos que nos miraba con temor, empequeñecido, temblorosos,  se refugiaban contra la pared o contra los buzones, por miedo a recibir un pisotón o una embestida con alguna mochila cargada de libros, que los hiciera caer al suelo; sus huesos frágiles debían ser preservados hasta el momento de partir.

Un día, observando desde el gran portal el ir y venir de la juventud, comparado con el ir y venir de la vejez, comprendí que si la ley de la vida no se veía sorprendida por algún hecho fortuito, yo y todos los que circulaban por allí con soltura y desenfreno, llegaríamos a tomar el mismo ritmo cansado y dolorido al alcanzar la edad de los abuelos que allí vivían.

En ese momento me encontré con María, tenia ochenta y siete años y un moño blanco y pequeño pegado a su nuca, vestía de negro riguroso y llevaba un pequeño mandil , volvía de la compra despacio; fui corriendo a ayudarla con las bolsas, no pesaban pero se había roto el asa de una y no se hacía con ella. La acompañé en el ascensor hasta su piso, así aproveché para montarme en aquel artilugio que tanta curiosidad me causaba, además de subir los niveles de mi adrenalina, pues chirriaba como gatos apareándose en febrero y parecía que se iba a descolgar en cualquier momento; sacó su manojo de llaves y abrió la puerta con sus dedos deformes por la artrosis, me invitó a pasar y a tomar un café con pastas mientras me hablaba sin parar de mil cosas que a penas hoy recuerdo.

María era viuda desde hacia veinte años y Dios, como ella me contó, no quiso darla hijos, sus padres lógicamente, también habían fallecido hacía años y la única familia que tenia era su hermana Lola que vivía en Gijón con un hijo, muy ocupado y muy listo; Lola tenía diez años menos que ella.

La observé detenidamente mientras me contaba vida y milagros, tenía una mirada clara, brillante, llena de luz y se limpiaba sistemáticamente la boquita desdentada con un pañuelo que sacaba de la manga de su blusa, me pareció feliz en ese momento y llenó mi ánimo con una extraña melancolía de los recuerdos de otro tiempo.

Al mirar el reloj comprobé que me salté la clase de trigonometría y también la de estadística, por lo que decidí pasar de Literatura y seguir charlando con aquella pequeña mujer que tanta necesidad de hablar tenía y que a mi me enriquecía.

Fue entonces cuando me contó, con cierto resquemor, que la noche anterior había tenido un sueño.

Estaban de jóvenes en la Dehesa de la Villa de merendola como hacían miles de madrileños en aquella época, bailó con su Santiago y cantó canciones con su madre, al compás del acordeón que tocaba su padre; recordaba también haber visto en el sueño a su vecina Pili y a  la Filo, una prima suya que bailaba con Inés; también vio a Paco, compañeros de su trabajo todos ellos fallecidos. En ese momento tembló su voz y
con una seguridad aplastante, me dijo que sabía con certeza, que esa misma noche partiría para siempre dejando esta vida, que se lo habían dado a entender sus familiares y amigos que vio en el sueño, además se percató que Lola que aun vivía, no apareció por ningún sitio en su sueño y que con lo cantarina que había sido siempre,  tendría que haber estado en una de las primeras filas de aquella fiesta en la Dehesa de la Villa.

Quise tranquilizarla de alguna forma torpe que yo no sabía; ella, mayor que yo, lo notaba y fue la que me tranquilizó a mi, recordando lo feliz que se sentía de haber vivido su vida al lado de las personas queridas, agradeció que me hubiera cruzado en su camino en el ultimo de sus días y puso en mis manos la llave de su casa, pidiendo el favor de que al día siguiente, comprobara que no estaba equivocada.

No pude controlar la emoción, acababa de conocer a María, en cuatro horas la quería como a alguien de mi familia y supuestamente, ya tenia que despedirme para siempre de ella, fugaz en mi vida, como una estrella en el firmamento, no podía creerlo, pero en el fondo de mi, sin saber por qué, si la creía.

La besé en la mejilla largo y profundo, aspirando el aroma a jabón de su cara arrugada y tierna, la abracé con cuidado para no hacerla daño y me marché con la llave apretada en la mano hasta hacerme una marca que me dolía, pero nunca tanto como la creencia absoluta, de que no la volvería a ver como aquel día.

Aquella noche no pude dormir, no paré de rememorar los recuerdos de María, sus vivencias, sus sentimientos; lloré apretando la almohada contra mi cara, no podía hacer nada, no estaba en mi mano y recé no se muy bien a quien, para que al día siguiente me encontrara con María y siguiera compartiendo conmigo retales de su paso por la vida.

Fue como nadar en las dunas del desierto, pues curiosamente, tal vez no sepamos cuando entramos en escena, pero nadie mejor que uno mismo sabe, cuando la función ha terminado.

María murió esa misma noche tal y como ella misma había pronosticado por los mensajes que decía haber recibido en su sueño. Cuando la vi parecía dormida, estaba tranquila, como recién peinada y sonreía. Una nota para mi es su mesilla, me daba instrucciones para llamar a su hermana Lola, la única persona que aún permanecía viva de su familia y se gestionaran todos los preparativos para su despedida. Pedía ser incinerada y que sus restos se dejaran volar desde el teleférico.

Cumplí todas sus peticiones y desde entonces en la atmósfera de Madrid se respira su esencia esparcida.




Fin.

EL ORÁCULO MALDITO





Fallaron algunos mecanismos, no era posible el viaje de retorno al planeta sin antes hacer escala en algún lugar intermedio del sistema solar. Consultaron al oráculo y después de un inquietante silencio, recomendó Venus como la opción más loable. Programaron la nave en esa dirección con el propulsor a chorro y en cuestión de tiempo aterrizo sin causar estrago en los venusinos, que para sorpresa ya esperaban el acontecimiento. Algo extraño ocurría, estaban impacientes, 112 minutos y la nave se fundió en la atmósfera ante los aplausos y vítores de la multitud que nunca olvidó el fenómeno.

EL SUEÑO DE LOS DOS GRANDES DEDOS





Sentada en una piedra mirando al firmamento, vio sorprendentemente como de entre las nubes, salían dos enormes dedos haciendo la tijera. Clic, clic , pudo escuchar perfectamente como si alguien sentado a su lado se lo susurrara al oído.

Con los pelos erizados y atónita ante aquella visión onírica, comprobó como aquellos dedos procedían con su simulada acción y cortaban con un seco clic, clic resonando en sus oídos, unos hilos que también salían del cielo siendo testigo en unos minutos de cómo caían todos amontonados a su alrededor, en una maraña, en un embrollo, haciendo un amasijo, una gran desmadejada montonera enredada rodeaba la piedra donde reposaba mirando al firmamento. 

Concienciarse de que aquella visión era un inconveniente con un grado alto de dificultad la llevo poco tiempo cuando al intentar ponerse de pie en la piedra para tener otra perspectiva diferente, quizás desde otro ángulo, o tal vez simplemente convencerse de que no lo estaba viviendo, comprobó que sus extremidades no reaccionaban con la velocidad que ella quería, el peso que arrastraba era enorme, las madejas de hilos hacían de lastre en su cuerpo. 

Con un esfuerzo desmesurado movió las falanges seguidamente los carpos y aunque lentificados, respiró al comprobar que eran efectivos los signos de vida en sus huesos por lo que arrastrando lastre consiguió hurgar en el bolsillo de su chaleco del que extrajo una segueta con la que procedió al corte escrupuloso de cada uno de los hilos que pendían de su cuerpo. 

Cuando quedaba poco para concluir con la operación de corte, una gran ligereza acompañada de una sensación de flote apoderó su ser y sin tiempo de reacción se elevó al completo por encima de los tejados y árboles en dirección al cielo. Iba descalza, las chanclas de dedo se precipitaron al vacío en su involuntaria ascensión quedando colgadas en una acacia centenaria plantada por algún antepasado de otro tiempo. 

Turbada y boquiabierta ascendió traspasando estratocúmulos y nimboestratos; en el momento en el que comenzó a dominar el vuelo y a sentirse como un pez en el agua, se encontró a si misma palpando en la mesilla de noche en busca del fastidioso despertador que la avisaba de que el tiempo de soñar se había agotado. 


FIN

SUPERSTICIÓN


Nunca creí en supersticiones pero cierto es que aquel día al pasar el puente viejo camino de la Iglesia, un enorme gato negro cruzó raudo por delante de mi ; me quede inmóvil en acto reflejo y el animal aprovechó desde su improvisado refugio en una piedra de la cuenta, para clavar su mirada en mi con un brillante destello haciéndome estremecer; aun no había amanecido, el silencio era pleno , la oscuridad y la niebla me transportaban a algún imaginario lugar muy cercano a las puertas del fin del Mundo.


Continué mi trayecto con una sensación de extraña zozobra que me mantenía en alerta, presentía que algo iba a ocurrir y tardé poco en confirmar mi intuición, cuando llegaba al Templo pude ver con espanto como alguien saltaba al vacío desde la torre del campanario.

Corrí al encuentro de la desgracia, me arrodille con una ilusión de atisbar su pulso pero fue inútil, al volver el cuerpo que yacía en posición decúbito prono, ya era un cadáver sanguinolento.

Me despojé inmediatamente de mi hábito, cubrí el cuerpo por entero y corrí desgañitado en dirección a la aldea, las luces débiles del alba ya me abrían camino.

Al escuchar los gritos solicitando auxilio salieron a mi encuentro varios parroquianos que no podían dar crédito a la aterradora anunciación siguiéndome prestos al lugar del hecho, precedían la comitiva el cura y el médico.
La sorpresa de un calibre desmesurado fue encontrar la túnica tendida sin nada más que una raposa muerta debajo. Los rostros de los presentes eran de estatua, confusos y aturdidos todos ellos me miraban interrogantes esperando una explicación, algo que no pude facilitar pues solo Dios sabe que lo que yo presencié era certero y que lo que teníamos delante parecía una broma del maligno que usándose de mi había engañado a los demás con algún fin oculto. Así expuse mi pensamiento con el corazón sincero y ninguno de los que allí estaban me creyeron, dudando en consenso de mi salud mental.

No puedo hacer un cálculo del tiempo que transcurrió hasta que el cuerpo golpeó contra el suelo cuajado de escarcha, no quiero recordar el sonido que sobrecogió mi alma para siempre y que aun hoy atormenta mi descanso en el lecho todas y cada una de las temidas noches de mi existencia, no puedo olvidar los ojos
desesperadamente abiertos de aquella funesta muchacha que inducida por alguna fuerza ajena decidió quitarse la vida de ese modo y que yo fuera su único testigo.

No quiero convencerme de que lo soñé porque sería engañarme a mi mismo que a fin de cuentas es con la única compañía que cuento desde aquel siniestro día en el que mi vida es solo una ilusión de otrora en el que no creía en supersticiones.

Secreto



En la sala de espera nº 4 del Hospital psiquiátrico San Serénese Oiga había 7 personas aguardando su turno, cada uno de ellos sumido en sus pensamientos y algunos dejando ver sin remedio los efectos secundarios de la medicación ingerida.

Tras un largo silencio absoluto, se abrió la puerta chirriando y todos vieron entrar en la sala a un perro mestizo ataviado con bata blanca que arrastraba por doquier y que saludó con voz grave dando los buenos días en perfecto castellano, además anunció con tono amable que Prudencia Martín podía pasar después de que saliera Mariano Cosos y apuntó con una amplia sonrisa que a los demás los irían llamando por orden de consulta. Con las mismas giro sobre sus cuatro patas y salió de la sala con paso firme y tranquilo dirigiéndose a la consulta 2B.

Todos ellos quedaron ojipláticos y boquiabiertos pero solo durante un instante pues uno de los pacientes se puso en pié y dijo en voz alta: _He visto su pelaje y era de color verde césped...Todos se miraron con complicidad unos a otros y guardaron el secreto.